Imaginemos que tenemos una canasta llena de manzanas para consumo personal, sin embargo una de ellas está podrida. Al pasar los días esta manzana ha contaminado a una manzana más, de no hacer algo, toda nuestra canasta está en riesgo de contaminarse. ¿Qué hacemos con este problema? Lo más lógico sería que saquemos estas dos manzanas de la canasta con el fin de no contaminar al resto.

La relación de corrupción no solo daña a los actores primarios de la acción, sino que es capaz de echar a perder el sistema o entorno del cual forman parte. Un acto de corrupción no acaba en sí mismo, sino que fomenta y alienta otros actos de igual o mayor gravedad, ya sea que se realice por las mismas o diferentes personas.

Del latín corruptio, este vocablo se encuentra conformado por el prefijo con-, que es sinónimo de “junto”, el verbo “rumpere”, que puede traducirse como “hacer pedazos” y el sufijo -tio, que es equivalente a “acción y efecto”. Corrupción: la acción y efecto de corromper, depravar, echar a perder, sobornar a alguien, pervertir, dañar.

La Real Academia de la Lengua, define a la corrupción como: 1. f. Acción y efecto de corromper o corromperse. 2. f. En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores.

El mal mexicano por excelencia o corrupción a secas, conlleva una acción que involucra la intervención de al menos dos personas para su realización: el corruptible y el corruptor. Sin embargo no solo se trata de una relación entre dos personas, las consecuencias de un acto de corrupción son mayores.

Buena falta hace entender que todos estamos expuestos a los actos de corrupción y que esto no es solo una práctica exclusiva de los políticos o empresarios: hay verlo como un problema que directa o indirectamente terminará por perjudicarnos y que aún estamos a tiempo de erradicar. Hagamos la parte que nos toca.

Por: Manuel Silva Coache

Twitter: @msilvacoache